jueves, 19 de abril de 2007

El mejor de mis amigos



Jorge G. (su apellido me lo reservo) es y será siempre el mejor de mis amigos perrunos, mi compañero, mi protector, mi guardián y mi enfermero personal. Llegó a mi a los 2 meses de edad, chiquita bola de pelitos llorona que no me dejaba dormir porque extrañaba a la madre supongo, y se calmaba cuando sentía mi mano junto a su nariz, así dormimos algunos días, él en el cajón inferior de mi velador al lado de mi cama.

Adoraba vestirse. En ese tiempo no se usaba mucho la ropa perruna como ahora, y lo que había francamente no era de su gusto así que le hacíamos suéteres especiales para él en invierno, en verano lucía lindos pañuelos atados en la cabeza y cuando estos se deslizaban hacia el cuello entraba a la casa para que alguno se lo volviera a acomodar (pobre del que no le hiciera caso porque de un brinco lo tenía delante del rostro ladrándole en forma imperiosa).

Siendo un terrero era un perro energético, adoraba salir a correr por las calles. Su estilo era el siguiente: estiraba el cuerpo en todo su largo disparándose como catapultado por sus piernas y apenas caía volvía a saltar como un resorte, en realidad casi nunca estaba en el suelo, parecía que lo que mas le agradaba eran esos fenomenales saltos; hacía carreras con los otros perros y la verdad era que generalmente las ganaba él, la gente decía que corría como una liebre. Yo era su compañera de juegos en vez de serlo él, y si se le metía en la perruna cabeza que quería jugar pues no había forma de convencerlo, o jugábamos o terminaba sorda de tanto ladrido en mi cara, no se de donde había sacado la idea de que lograba mirarnos a los ojos y reclamar a ladrido partido sería escuchado, la verdad es que siempre lo lograba. Cuando nuestras obligaciones nos impedían acompañarlo nos pedía salir y sin más se largaba a la calle. Los chiquillos de la zona lo venían a buscar como si fuera un miembro mas del grupo, era gracioso para las visitas oír que tocaban la puerta y que los chicos preguntaban si dejábamos salir a Koki a jugar con ellos, Koki paradito junto a nosotros nos miraba expectante y cuando decíamos que podía salía disparado junto con los chicos que lo traían de regreso. Cuando salía solo porque nosotros estábamos ocupados a veces no regresaba, le dábamos de permiso una hora, si en esa hora no volvía salíamos en su búsqueda; lo encontrábamos echado en medio de la pista, con las patas traseras totalmente estiradas y la lengua fuera, siempre en esas ocasiones lo traíamos de vuelta cargado, como si fuera un niño descansando su cabeza sobre nuestro hombro muy campante y luego ya en casa lo depositábamos sobre el sofá o algún cojín.

Era valiente, sabía defenderse y pelear pero trataba de evitarlo, muchas veces lo vi iniciando una pelea entre varios perros para luego retirarse y sentarse frente a ellos y mirar como peleaban (habilidad terrera). Había un perro al que todos temían, humanos incluidos, un doberman enorme, precioso ejemplar, que daba cuenta a dentelladas de los demás perros, vivía en la misma cuadra que Koki así que eran vecinos y rivales. Desde que ese perro empezó a salir a pasear los demás dueños de perros tratamos de no dejar salir solas a nuestras mascotas si no queríamos ver como los perseguía hasta morderlos fuertemente, claro, siendo casi uno de los mas grandes se sentía muy poderoso y atemorizaba al resto. No se como se le ocurrió a mi madre dejarlo salir solo por la mañana, cuando me di cuenta que Koki estaba en la calle tomé un suéter y salí tras de él. Cerca de la casa del doberman estaba éste gruñendo a mi terrero, pero Koki no estaba asustado y se lanzó sobre el doberman con la ventaja de su menor tamaño y mas velocidad, de pronto pensé que eran los últimos minutos de vida de mi perrito y corrí a la par que el dueño del doberman que doblaba por la esquina y corría tras de mí. No podía creer lo que veía y el dueño del otro perro tampoco, Koki de pie frente al doberman luego de ser arañado y mordido un par de veces parecía medir al perro, esperando el ataque del doberman se quedó quieto y cuando este estuvo lo suficientemente cerca solo se paró en dos patas y le mordió la nariz. El aullido del animal fue expresivo, mi perrito estaba prendido de la nariz del doberman y no lo soltaba, cuando el dueño del pobre can se acercó tratando de espantar a mi perro llamé a Koki por su nombre diciéndole que viniera a mi lado. Cuando el perro vecino volvió a ver a Koki y pego media vuelta para correr asustado no tuve mas miedo de dejarlo en la calle solo.
Cierto día que mi familia salió de casa a pasear y nos quedamos solos Koki y yo, sentimos bulla en la cocina. Bajamos despacio y sin hacer ruido, dándome cuenta que alguien trataba de abrir la puerta, al tratar de acercarme mi perro empezó a ladrar como no lo había hecho nunca, era un ladrido grave y grueso que parecía no salir de su garganta, parecía un perro mucho mas grande, era impresionante verlo, todo erizado, con una expresión muy extraña en los ojos, saltó hasta la puerta y gruño a mas no poder. El hombre hablaba con alguien mas, oía sus voces y pensé que lo mejor era subir a ver si las puertas que daban al balcón estaban cerradas, lo que hice a toda prisa, pero también Koki y los ladrones pensaron lo mismo porque sentí sus movientos en la ventana de la cocina tratando de alcanzar el balcón. Mi cuarto estaba cerrado pero no sabía si el de mis padres lo estaba, Koki corrió y de un salto se colocó en la ventana de la habitación de mis padres ladrando desesperado, la puerta y ventanas estaban aseguradas, tomé a Koki en brazos y llamé a la comisaría por teléfono cuando en eso sentí el ruido del auto de mi familia, la voz de mi padre dando gritos y el golpe seco de alguien que caía y carreras. Cuando mi familia entró y me vieron sana y salva nos sentimos todos mas tranquilos, guardé el cuchillo y les conté como enfrentó el perro a los ladrones, mi padre desde ese día le permitió dormir en su cama; nada mas el salir de su habitación para ir al trabajo llamaba a Koko como le decía y lo arropaba en la cama, cerraba la puerta y nos hacía bajar para que lo dejáramos dormir hasta la hora que quisiera.
Una mañana yo no me sentía bien, le dije a Koki que no podría bajar para hacerle el desayuno, él ni siquiera se levantó del tapete donde estaba echado. Al ver mi madre que yo no bajaba entró a mi habitación, tenía mucha fiebre tanta que casi no recuerdo que pasó. Mi madre llamó a un médico que vivía a dos cuadras de casa, Koki estuvo muy bien hasta que él se me acercó, lo gruñía, era un extraño para él y nunca dejo acercarse a nadie a ninguno de nosotros. Abrí mis ojos al oír el ruido mi mamá trataba de llevárselo pero era imposible, Koki solo les mostraba los dientes a la menor intención de acercarse, entonces lo llamé, al acercarse le dije que el doctor me iba a curar que lo dejara acercarse a mi, y mi perro que jamás fue entrenado por nadie se echó en el tapete y dejó que el médico me atienda. Estuve tres días con fiebre muy alta sin moverme de cama, los días que mi perro permaneció a mi lado sin bajar ni siquiera para comer, en los momentos que podía abrir los ojos lo primero que veía era la cara de Koki, echada sobre la cama mirándome fijamente, le sonreía y me volvía a hundir en ese extraño sopor que me invadía. Luego que me puse bien y todo volvió a la normalidad, ya no me molestaba que mi perro estuviera subido a mi lado sobre la mesa a mi lado mientras yo estudiaba. Eramos compañeros, compinches y amigos. Nos dejó hace muchos años pero para mí está presente cada día, fue el mejor de mis amigos perrunos, y tuve muchos, 11 para ser exacta así que sé bien de que hablo.
(Para él, al que extraño, cuando como hoy escucho la canción de Miriam Hernandez "Se me fue", porque fue asi como partió, y quiera o no se me escapa una lágrima recordándolo, si hay cielo, nos encontraremos allí)



2 comentarios:

Javier dijo...

me identifico, los perros son los mejores amigos, puedes darle la espalada tranquilo

saludos

Miyita dijo...

tienes razón Javier, gracias por acompañarme con tu comentario, fijate... estaba buscando la canción de Miriam Hernandez, acabo de colgarla. Gracias, me siento bien recordando a mi Koki, solo que a veces una desearía tanto oir esos ladridos locos.

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